La transmisión cultural, la reproducción, la producción y la vivencia cultural, constituyen la tarea más propia y específica de la educación escolar, ya que sus objetivos formativos y socializadores deben conseguirse a través del bagaje cultural acumulado por la humanidad, del conocimiento científico y disciplinar codificado en las distintas áreas y materias del currículo, y de las ocho competencias consideradas básicas.
Interculturalizar el currículo escolar es asumir que el conocimiento oficial no se ha constituido de forma natural, desinteresada y altruista, sino que acarrea las marcas indelebles de las relaciones sociales de poder: es una construcción social que transmite la ideología dominante.
Es asumir también que la ideología de la supremacía occidental impregna completamente los currículos escolares y universitarios, se transmite habitualmente a través de los medios de comunicación y forma parte de la vida cotidiana.
Al hilo de la expansión occidental, África quedó excluida de la historia, y la literatura y el cine se encargaron de transmitirnos las bondades de la colonización e incluso la justificación del exterminio y de la subordinación del otro. Hacer frente a esta prepotencia cultural, al etnocentrismo, a los prejuicios que pueblan nuestras calles y nuestras mentes, requiere revisar el currículo oficial y reconstruirlo sobre nuevas bases.
Interesante es el caso de las competencias básicas, porque señalan cuáles son los aprendizajes considerados prioritarios e imprescindibles, porque integran los aprendizajes para y extraescolares y porque tienen una dimensión aplicada y profesionalizadora. Pero la interculturalidad debe llegar a todas y cada una de las áreas del currículo, pues todas ellas pueden contribuir a la consecución de un aprendizaje más científico, más universal, más funcional y más justo.
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