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1. Breve historia del concepto de virtud cívica. Virtud individual y virtud cívica.

Luís María Cifuentes

En la época griega y durante la Edad Media, la idea de que la virtud era algo individual y social al mismo tiempo no ofrecía ningún tipo de duda. La virtud, según los grandes pensadores griegos Platón y Aristóteles, no es una cuestión moral individual al margen de la política.

El ser humano que Platón diseña en su ideal utópico de República justa y feliz no puede construir una vida buena sin tener en cuenta la situación de los demás habitantes de la República. Unos son productores, otros trabajan como guerreros y otros como gobernantes, pero nadie puede concebir ni ejercer su vida buena al margen de la sociedad.

En el caso de Aristóteles, es bien conocida sus tesis de que “el ser humano es por naturaleza un animal cívico” (Política, II, p.48-49. 1977). La importancia que tiene la dimensión política del ser humano es extraordinaria para Aristóteles. La ciudad-estado es algo natural y la convivencia es esencial para el desarrollo de los seres humanos. Aristóteles, llevado por su esquema biologista y organicista, veía en los insectos y en otras especies animales muchas semejanzas con las sociedades humanas, pero también señalaba una diferencia fundamental. Los animales pueden comunicarse mediante sonidos, pero el animal humano posee un instrumento único de comunicación, su lenguaje; y el lenguaje humano sirve para hablar de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto. La ética y la política son ámbitos humanos en los que la animalidad queda integrada y superada en un nivel más elevado de comunicación: el lenguaje ético-político. La sociedad humana no es un simple zoo, sometido totalmente a las presiones del instinto y del sexo; es una organización de seres racionales dotados de “lógos” y de libertad, capaces de dialogar y de convivir buscando la justicia para todos.

Durante la Edad Media la tesis del animal cívico o social fue retomada por el cristianismo, pero dentro de un contexto totalmente nuevo: la Ciudad de Dios, el Reino celestial. La teología de Agustín de Hipona (354-430 d.C.) fue y sigue siendo hoy todavía uno de los referentes fundamentales de la ética y la política para los católicos de todo el mundo. Cuando Agustín contempló el inicio de la decadencia del Imperio Romano con las primeras invasiones de los bárbaros (410) tomó plena conciencia de que había dos modos totalmente distintos y aún opuestos de interpretar la historia humana: la Ciudad terrenal y la Ciudad de Dios.

Las virtudes individuales del verdadero cristiano estaban descritas perfectamente en el Evangelio y se habían realizado ya en la figura de Jesucristo, Hombre y Dios al mismo tiempo. Sin embargo, Agustín fue el primero en elaborar una interpretación cristiana de la historia y de la sociedad humana; él vio que los seres humanos por sí mismos y con sus propias fuerzas eran incapaces de organizar el Bien común y de gobernar con justicia. Sin partir de la fe, la esperanza y la caridad y sin tener en cuenta la Ciudad de Dios, la referencia al cristianismo y a la Iglesia católica y al Papa, no se puede, según Agustín, conseguir la verdadera felicidad ni la paz social ni una auténtica justicia social.

Las tesis centrales del “agustinismo político” han perdurado en la teología y en el pensamiento católico hasta nuestra época. A lo largo de toda la Edad Media y tras la Reforma de Lutero, hubo variaciones teóricas dentro del cristianismo, pero lo esencial de las tesis agustinianas sobre la rivalidad y la lucha entre la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrenal se mantuvo esencialmente invariable. Las principales encíclicas sociales de los Papas a lo largo del s. XIX y del XX se reafirmaron en que las virtudes individuales y cívicas del verdadero católico se practican por el seguimiento de Cristo y por la obediencia al Papa, que es su vicario en el mundo.

A pesar de la apertura y del diálogo con otras escuelas de pensamiento ético y político como el marxismo, el existencialismo, el utilitarismo etc. el pensamiento católico sigue hoy siendo fiel a su propia tradición. Su visión de la moral y de la política trasciende el ámbito temporal y humano y se sitúa en una perspectiva trascendente, sobrenatural y teocéntrica. La persona humana, en su dimensión individual y social, está destinada a una vida eterna más allá de esta vida y de esta sociedad; ningún cristiano puede pretender la plenitud de su perfección y su verdadera felicidad en este mundo, porque la Ciudad celeste es la meta a la que todos los católicos deben aspirar y solamente guiados por ese horizonte deben trabajar aquí por la justicia y la felicidad humanas. Como se puede ver, la supeditación de la política a la teología sigue siendo la norma fundamental de la Iglesia católica.

Sin embargo, el concepto actual de las virtudes cívicas está vinculado a una determinada visión de la moral, de la política y de la sociedad que tuvo su mayor desarrollo con los sociólogos y politólogos de los siglos XIX y XX. Uno de los autores que más se preocupó del tema fue Alexis de Tocqueville (1805-1859), quien en su obra La democracia en América (1835-1840) elaboró una serie de reflexiones de extraordinaria actualidad sobre la democracia y las virtudes cívicas.

El hecho de que la sociología y las ciencias políticas de los dos últimos siglos hayan insistido en la necesidad de las virtudes cívicas tiene mucho que ver con la vinculación existente entre las nociones de virtud, ciudadanía y democracia. El discurso sobre la noción de ciudadanía y los ciudadanos debe mucho a la Revolución Francesa (1789) y a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1792), que se elaboró en el proceso revolucionario francés. Ser ciudadano de una república implica ser consciente de unos derechos y de unos deberes para con la sociedad en la que se vive.

En las sociedades democráticas que van apareciendo en Europa tras la caída del Antiguo Régimen en 1789, se habla ya del “ciudadano o ciudadana” y se supera ya definitivamente la idea del “súbdito”. La democracia no es un sistema monárquico ni un despotismo ilustrado, sino un sistema de participación real en el que los ciudadanos tienen la última palabra. Eso significa efectivamente la democracia; que la “soberanía” reside definitivamente en el “démos” (“pueblo” en griego) y no en otras instancias superiores al ser humano ni en “salvadores de la patria” con uniforme militar.

Enlace : Capítulo 1 del texto: Fundamentos filosóficos de le educación cívica intercultural

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