La idea de las virtudes cívicas ha estado durante el siglo XX asociada a las dos ideologías políticas más importantes de ese siglo: el comunismo y el capitalismo.
Eso quiere decir que el ideal del ciudadano y del civismo han estado nuy influidos por lo que cada sistema político consideraba como el modelo perfecto de ciudadanía. Así, para el capitalismo, el buen ciudadano era y sigue siendo el que con su iniciativa individual y su trabajo es capaz de generar riqueza individual y utilidad social; el modelo perfecto sería el buen empresario, el buen burgués que emplea su libertad, su tiempo y sus recursos en crear riqueza y oportunidades laborales para sus conciudadanos. La libertad empresarial ha sido siempre el eje fundamental del ciudadano que apoya el capitalismo. En cambio, para la ideología comunista el concepto de ciudadanía estaba vinculado al esfuerzo productivo, a la realización del ideal obrero de producir para la sociedad y para el país; en contrapartida, el Estado proletario tenía que satisfacer adecuadamente las necesidades básicas de todos los ciudadanos: la vivienda, la educación y la sanidad. Mientras que el liberalismo capitalismo exalta la libertad en detrimento de la igualdad, el comunismo exalta la igualdad en prejuicio de la libertad.
Tras la desaparición del Muro de Berlín (1989) y de los dos grandes bloques políticos y militares surgidos en 1945 tras la II Guerra Mundial, el tema de las virtudes cívicas ha ido adquiriendo una nueva dimensión y hoy se contempla desde una nueva óptica: la de la globalización y el multiculturalismo.
El debate entre comunitaristas y no-comunitaristas está marcando en las últimas décadas el sentido cultural y ético-político de esta confrontación.
El comunitarismo defiende con distintos matices que la persona humana es, al mismo tiempo, un sujeto individual y social; un agente moral que va adquiriendo su identidad y personalidad moral en estrecha vinculación con su comunidad cultural, moral y religiosa. Para autores comunitaristas como A.MacIntyre y Ch.Taylor no se puede entender la vida moral, las virtudes ni la ciudadanía sin analizar cuáles son los vínculos morales y religiosos de la comunidad a la que cada individuo pertenece. Por eso, el comunitarismo insiste tanto en la idea de pertenencia a una cultura concreta, a unos valores que dan sentido a la vida moral de cada persona al integrarlos en una sociedad determinada, con rasgos culturales, morales y religiosos propios. De ahí, que se hable hoy tanto del “mosaico cultural” que forman las actuales sociedades, compuestas por muchas y diferentes culturas; y por eso sigue siendo el multiculturalismo uno de los temas más controvertidos en la sociedad actual.
Frente al comunitarismo, el neomarxismo de Habermas. K.O. Apel y el contractualismo de J.Rawls insisten más bien en que el ciudadano es tal por su vinculación a unos valores y a unas leyes democráticas que todos compartimos y que se basan en algo universalizable y no en las tradiciones culturales, morales y religiosas de cada pueblo o nación. Mientras que el comunitarismo insiste en las raíces culturales colectivas que dan identidad moral y diferencian a los seres humanos, los autores neomarxistas defienden la racionalidad universal y formal de los derechos, de las leyes y de los valores comunes, que se derivan de los Derechos Humanos y de las Constituciones democráticas de cada país.
Son dos formas de intentar resolver el enfrentamiento entre una concepción que pone el acento en la identidad comunitaria y en las tradiciones morales y religiosas y otra visión más racionalista y universalista que se centra más en el derecho y en la ética. Tanto los comunitaristas como los que no lo son, coinciden en que la vida individual y social de cada persona esté entretejida entre sí; para los autores de la Declaración Universal de Derechos Humanos ésta es aplicable a todos los sujetos de cualquier lugar del mundo, sea cual sea su tradición moral o religiosa. El problema surge cuando en el mismo país y en la misma sociedad, alguien pretende en nombre de su pertenencia a una comunidad religiosa o moral no solo que se respete su identidad, sino sobre todo que pretenda imponer a todos los ciudadanos unos determinados valores y normas morales que muchos individuos rechazan. Ahí es donde aparece en toda su crudeza el problema del pluralismo moral y religioso en una sociedad democrática.
Si se quisiera realizar un catálogo de las virtudes cívicas consideradas en el mundo actual como más necesarias para la consecución del ideal humano en su dimensión cívica, se podría diseñar un cuadro bastante completo de dichas virtudes.
Para elaborar este breve elenco de virtudes cívicas hay que tener en cuenta que el lenguaje ético ha acuñado hace tiempo muchas de las expresiones que se pueden renovar mediante aportaciones actuales tanto de conceptos como de actitudes éticas.
Por otro lado, en un mundo dominado ya por el capitalismo global y por una exigencia de democratización en todos los países, este catálogo de virtudes adquiere connotaciones muy distintas a las virtudes cívicas de otros siglos. Un ejemplo evidente es la virtud cívica del patriotismo que durante siglos ha estado vinculada a los ejércitos nacionales, que estaban obligados a simbolizar el orgullo nacional y a defender la patria frente a todos sus enemigos potenciales o reales.
Hoy día, esa virtud cívica del patriotismo no goza de la misma legitimidad moral en muchos países y debe ser reinterpretada desde un punto de vista menos nacionalista, menos belicista y más pacifista, hasta el punto de que muchos ejércitos actuales están ya muy involucrados en tareas de “protección civil” y de “ayuda humanitaria”, al mismo nivel que en la “defensa de la patria”.
Un elenco de virtudes cívicas esenciales para el buen funcionamiento de la democracia debería incluir la prudencia, la tolerancia, el respeto a las leyes, la justicia, la solidaridad y la profesionalidad. Cada una de estas virtudes revela una dimensión social y cívica del ser humano sin la cual no existe una sociedad regida por la ética. Una sociedad democrática en la que no se eduque en estas virtudes a los niños y a los jóvenes no puede alcanzar una calidad de vida ética aceptable ni será una democracia guiada por la ética.
Las sociedades democráticas occidentales carecen en gran medida de estas virtudes y por eso los ciudadanos se suelen regir en su comportamiento individual y colectivo por motivaciones de índole jurídica y política, y no por motivos éticos. De todas las demás ya citadas, merece la pena destacar la virtud de la justicia porque es el quicio de toda la organización moral de una sociedad y la base de un civismo responsable. Sin justicia no puede haber soluciones estables ni universales en ninguna sociedad, ya que las injusticias son sin duda las que generan la mayoría de los problemas sociales y morales de nuestro tiempo.
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